Mermeladas y jugos de camote contribuyen a la conservación forestal en Filipinas

Joseph Germen Capin (al centro) toma muestras de mermelada de camote preparada por el grupo de agricultores de Camoteville en la municipalidad de San Carlos, provincia de Bohol, Filipinas. El grupo vende una línea de mermeladas, kétchup, jugos y chips preparados con cuatro variedades diferentes de camote. Sara A. Fajardo para el CIP

Alguna vez considerado un cultivo de sobrevivencia durante periodos de sequías o lluvias intensas, el camote se está convirtiendo rápidamente en una lucrativa oportunidad de negocios para agricultores emprendedores al mismo tiempo que promueve la conservación de bosques en el proceso. En una zona de Filipinas, donde los bosques sirven como amortiguador contra el daño causado por las tormentas severas, una impresionante tasa de pobreza de 46,9 por ciento amenaza con impulsar la deforestación para generar más tierras agrícolas. El Proyecto Integrado de Recursos Naturales y Gestión Ambiental (INREMP por su sigla en inglés), dirigido por el Departamento de Ambiente y Recursos Naturales de Filipinas, ha incorporado la generación de oportunidades de ingresos en su trabajo de conservación.

“Se quiere que la gente sea administradora de la naturaleza, pero la gente necesita comer, la gente necesita dinero”, dice Guada Babilonia, Asistente de Investigación del Centro Internacional de la Papa (CIP). “Para que sean buenos administradores y protejan el bosque necesitan tener medios de subsistencia alternativos”, remarca.

El INREMP distribuyó árboles frutales muy rentables para ser plantados como amortiguadores en las inmediaciones del bosque y promovió el cultivo de camote entre los árboles jóvenes como fuente adicional de ingresos. Este cultivo de raíz crece bien en la región, pero el  conocimiento limitado del funcionamiento de su mercado aunado a la dificultad de obtener cosechas para los consumidores potenciales, le quitó al camote su poder para impulsar empresas. En respuesta, el INREMP construyó caminos de conexión para facilitar su acceso al mercado y recurrió al enfoque de la Escuela de Negocios para Agricultores para transformar a los agricultores rurales en actores clave de la cadena de valor del camote. La Escuela fue conducida por el CIP en alianza con el INREMP bajo el proyecto Resiliencia Alimentaria mediante las Raíces y Tubérculos en las Comunidades de Tierras Altas y Costeras del Asia-Pacífico (FoodSTART+ por sus siglas en inglés), financiado generosamente por la Unión Europea y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA).

Del intercambio a los negocios, los agricultores de camote se profesionalizan

Los miembros de Camoteville aprendieron a desarrollar una identidad de marca y líneas de producto a través de su participación en las Escuelas de Negocios para Agricultores. Sara A. Fajardo para el CIP

El eje del modelo de las Escuelas de Negocios para Agricultores es un enfoque de aprendizaje participativo que pone énfasis en el papel empresarial que los pequeños agricultores pueden cumplir en los mercados locales. Tradicionalmente, los intermediarios son la conexión entre los dueños de las empresas y los pequeños propietarios, con escasa o nula comunicación entre la gente en cualquiera de los extremos de la cadena de valor.

Basándose en la fuerza de los números, las Escuelas facilitan la formación de grupos de productores que pueden agrupar recursos. “Los agricultores que forman grupos para comercializar sus productos realmente ayudan a elevar los volúmenes”, corrobora Babilonia. “Esto les permite acercarse a los mercados, comerciantes y minoristas con más poder de negociación, porque ahora ellos tienen el volumen que el mercado quiere”.

Los participantes aprenden a comercializar y crear marcas y se les brinda recetas básicas que pueden preparar con productos de camote. Mediante una serie de visitas al mercado los agricultores aprenden a evaluar las tasas actuales de sus cultivos, identifican los faltantes que deben reponer en sus propias líneas de productos y desarrollan relaciones importantes con otros actores del mercado.

A lo largo del curso, los grupos desarrollan su propia estrategia de negocios y mejoran los planteamientos para sus líneas de productos, y pueden presentarlos durante su ceremonia de graduación del programa, lo que equivale a un doble lanzamiento comercial.

En menos de un año, un grupo de la Escuela, Camoteville, ha transformado completamente su enfoque de cultivo de camote. “Solíamos intercambiar nuestro camote o usarlo para alimentar a nuestros animales”, relata Elizabeth Timblaco, gerente comercial del grupo. Ahora las mujeres saben cómo seleccionarlo por su calidad y agregarle valor a sus cosechas mediante el procesamiento de sus camotes así como crear líneas de productos que tienen demanda.

En la sede de Camoteville

Un pedazo de cartón apoyado en el marco de una ventana al aire libre bloquea la brisa en la cocina comunal de Camoteville. Al encender una cerilla y la ráfaga de propano, la hornilla cobra vida. Timblaco controla el aumento de calor con un termómetro digital. Cuando el aceite alcanza la temperatura adecuada, uno de los cocineros vierte las finas rodajas que chisporrotean cuando se fríen. Mientras, dos mujeres de las 16 que conforman el grupo esterilizan botellas afuera, otras se ponen a pelar, cortar y mezclar su línea de kétchups, jugos, mermeladas y chips.

Elizabeth Timblaco vierte un poco de kétchup de camote recién preparado para ser pasteurizado en una olla grande, mientras Dalmasia Bengas controla el fuego. El grupo solo tiene pequeños tanques de propano por lo que necesitan controlar cuidadosamente la llama para asegurarse que no se apague mientras están cocinando. Foto: Sara A. Fajardo para el CIP

Las mujeres usan grandes cucharas de metal proporcionadas por el INREMP como parte de su equipamiento para iniciar el negocio de cambiar camotes papas crudos por crujientes chips de camote. Si bien están limitadas en sus recursos, lo compensan con innovación: dos viejas hojas afiladas de cuchillo unidas a una delgada pieza de madera contrachapada sirven como rebanadora improvisada para asegurar la consistencia en el ancho de los cortes.

“Antes del proyecto, solo sabíamos cómo sancochar camote y preparar ‘camote cue’ (camote caramelizado)”, reconoce Timblaco. “(En la Escuela) aprendimos que con el camote se puede preparar una infinidad de productos como helados, pastelitos y harina. Por ahora nos hemos enfocado en cuatro productos, pero queremos ampliar nuestras líneas”, señala.

El jugo rosado brillante con una pizca del cítrico calamansi (o lima filipina), el kétchup de color rojo profundo y las mermeladas de color naranja brillante son sellados al calor con agua hirviendo. Los crujientes chips se pesan y colocan en llamativas bolsas metálicas doradas. El toque final: sus reveladoras etiquetas con la marca que indica que son productos de Camoteville.

Por ahora el grupo está fabricando por pedido, pero espera expandirse pronto. Ya abastecen a los parques de aventuras cercanos —donde los turistas se desplazan en poleas suspendidas con cables por encima de las copas de los árboles— y también venden en las escuelas locales. Para garantizar un suministro consistente de su principal ingrediente, Timblaco ha organizado al grupo para que se dedique a sembrar camote todo el año, con miembros que lo cultivan en las tierras más pantanosas encargados de plantarlos durante las temporadas más secas.

Empresas en crecimiento, bosques prósperos

Dalmasia Bengas (Izq.) y Elizabeth Timblaco cosechan camote en las inmediaciones de un área boscosa en la región Bohol de Filipinas. El camote se está convirtiendo en una factible oportunidad comercial que forma parte de un ambicioso proyecto de conservación de bosques dirigido por el INREMP. Sara A. Fajardo para el CIP

Bajo la atenta orientación del facilitador de la Escuela, Joseph Capin, el grupo ha aprendido no solo las mejores prácticas de inocuidad alimentaria, sino también a organizarse e innovar para ofrecer al mercado los mejores productos posibles. El grupo se reúne cada semana para evaluar las necesidades y los desafíos. El abastecimiento de suministros, como las botellas, puede ser costoso en Filipinas, que se compone de más de 7,000 islas. Hasta ahora, las han comprado de la cercana Cebu en pequeñas cantidades, pero a medida que el negocio crece han negociado precios más bajos en cantidades más grandes para ser enviados desde la capital, Manila.

Si bien el CIP desarrolló la metodología de la Escuela, facilitadores como Capin replican el modelo a lo largo de la región bajo la supervisión del INREMP. Al ser un programa neutral respecto de los productos básicos, la Escuela brinda a los agricultores el conocimiento y las herramientas que requieren para conectarse con los mercados e identificar las oportunidades, y permite que los programas gubernamentales lo incorporen dentro de sus objetivos.

Maria Lorena Castino, coordinadora regional del INREMP, reconoce que el programa les ha brindado las herramientas que requieren para apoyar a los agricultores en el desarrollo de nuevas empresas y al mismo tiempo conservar el bosque. “Somos silvicultores”, indica. “Estamos enfocados en la plantación de árboles. No tenemos la experiencia para ayudar a la gente a organizar sus empresas. Con las Escuelas de Negocios, los agricultores adquieren el conocimiento que necesitan para ganar algunos ingresos de los cultivos de raíces y productos relacionados en vez de talar árboles”, complementa.

Para agricultores emprendedores como Timblaco, tales beneficios van mucho más allá de los productos que venden. La demanda de camote está aumentando y los agricultores de Camoteville han encontrado un mayor interés de parte de otros agricultores por comprar sus esquejes lo cual les ha abierto nuevas oportunidades de mercado. Lo que una vez fue usado como alimento para cerdos ahora les está permitiendo atractivas ganancias de 25 pesos por kilo en el mercado abierto.

Las Escuelas de Negocios para Agricultores forman parte del proyecto FoodSTART+ ejecutado por el Centro Internacional de la Papa en colaboración con el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), en el marco del Programa de Investigación del CGIAR sobre Raíces, Tubérculos y Bananas, y es financiado por el FIDA y la Unión Europea.

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